17 de julio de 2008

Seudo-validez francesa de un robo domo samurai

El palacio volaba sobre Nueva York, Marcela miraba el espejo y soñó con su peine de oro con incrustaciones de diamantes brillantes como el agua mineral que baja de la montaña que se veía en el horizonte.
El samurai siguió su viaje de camino a la montaña, tanteando su tesoro cada cierto tiempo. El camino era largo y polvoriento, y llevaba ya largo tiempo en él. Se sentó en una roca del camino, tomó su sable y con él cortó unos árboles que estaban cerca, hizo una fogata , comió y durmió.
Ya era hora de dormir, Marcela a toda costa quería su peine. La corte sería un atado de envidiosos; opacaría hasta la belleza de su propia hermana y nadie se fijaría en su defecto.
El camino se extendía y ya casi terminaba en el pie de la montaña, su pie, como ya sabía , le dolía mucho por el accidente de tantos años atrás. Pensaba en su familia, en su escuela de samurais, en el acero que había fundido y forjado su maestro, todo para darse cuenta que ya estaba al pie de la montaña, listo para subirla.
La espada samurai relucía en la oscuridad, el filo sediento de sangre, de venganza, de ira, buscaba matar. Se sentía tan desgraciada, su ceguera era terrible cada día lloraba por no ver la primavera . Las lágrimas caían sobre la noche estrellada ... era la hora de abrir las puertas de París; Luis XV tenía que rendir honor a su muerte... María Antonieta lloraba con el peine de oro.
El tesoro estaba cercano, el famoso objeto milenario, el famoso tesoro por el cual tantos habían muerto. La realidad se distorsiona, la cueva por la que camina se transforma en una pesadilla. El samurai se arrodilla por el dolor de su pie, ve a su alrededor un palacio. El palacio era lo más lejano a su cultura: cristal, lámparas colgantes, puertas de madera, estatuas, horror.
El ruido de furia llenaba sus oídos, el tesoro en un cofre frente a él, lo abre y lo toma, se da vuelta y saca su espada, se enfrenta contra dos seres vestidos de negro. En un segundo ambos ya estaban en el suelo, sangrando por la herida hecha con la mortal espada. Corre hacia la entrada, la abre con la espada y se ve fuera de la montaña, con el oro en su mano.
¡Revolución! se oía desde las calles de París hasta la Bastilla. Marcela, mueve su pelo a un lado. El humo , la neblina huelen a libertad, a fuerza, a sentidos libres. La monotonía de Luis XV desaparecía como la llama de una vela.
No había terminado, el sacramento del matrimonio es sagrado y no habéis de jugar con el sentimiento, con el amor de tu hijo y unirlo a una maldita ciega. No lo hagas, te arrepentirás.
Estaban luchando por un maldito objeto, la vida se acaba pronto, pero para un samurai, no, decidió hacerlo, mató a su hermana, la ciega, la que nunca vería el maravilloso objeto por el que estaban luchando. Ese objeto por el que cualquiera mataría, incluso a su familia.
Las campanas suenan (Talán...talán), María Antonieta en Versalles y Marcela en la catedral de Nueva York; aprende... tendrás tu peine si medas tu alma.
Cae la guillotina ...fin para su alma, ¿El fin para él? Harakiri. Harakiri era su destino y su muerte. Harakiri en las estrellas. La sangre llena el pozo. Estrellas muertas.

Jaime Grijalba - Pato A.
Londres - París 1953
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